Por Anailén Nassif Gopar (*)
Hay una nueva forma de hacer política que no necesariamente nació en un comité, en una plaza o en un Parlamento. Nació en la pantalla.
La política empezó a convivir con una lógica diferente: la del scroll. Pasar, detenerse, mirar, reaccionar y seguir. Todo ocurre rápido. Muy rápido.
Scrollear es deslizar el dedo por una pantalla para recorrer rápidamente contenidos digitales: noticias, videos, publicaciones, fotografías o comentarios. Lo hacemos permanentemente en redes sociales, sitios web y aplicaciones. Miramos, seleccionamos, descartamos y seguimos. No necesariamente buscamos un final. Buscamos qué viene después.
Y esa acción cotidiana está modificando algo mucho más profundo: la forma en que consumimos información y, posiblemente, la forma en que procesamos la realidad.
Durante buena parte de nuestra formación cultural aprendimos a pensar con una estructura narrativa bastante definida: introducción, desarrollo y final. Un libro comienza. La historia se desarrolla. Finalmente, termina. Un artículo plantea un tema, lo desarrolla y llega a una conclusión. Una clase tiene una presentación, un desarrollo y un cierre. Un discurso político tradicionalmente necesitaba construir un argumento y llevar al público hacia alguna conclusión.
Había una expectativa de continuidad. El scroll rompió parcialmente esa lógica.
En la pantalla no necesariamente hay principio ni final. Hay un flujo permanente de contenidos. Una publicación termina y otra comienza. Un video reemplaza al anterior. Una noticia compite con un meme, una declaración política, una publicidad o cualquier otro estímulo.
No avanzamos necesariamente hacia un final. Avanzamos hacia lo siguiente.
Y ahí aparecen los políticos scrolleados.
Dirigentes que entienden que ya no alcanza con tener algo para decir: hay que conseguir que alguien se detenga a escucharlo. Una frase. Un video. Una declaración. Una polémica. Un gesto. Diez segundos pueden tener más circulación que una hora de discurso.
Pero el fenómeno no termina en los políticos.
También aparecen los gobiernos scrolleados.
Gobiernos que comunican la gestión en fragmentos: una obra, una inauguración, una reunión, una fotografía, un anuncio. La administración pública empieza a ser narrada como una sucesión de piezas diseñadas para competir por nuestra atención.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos frente a gobiernos que comunican lo que hacen o frente a gobiernos que empiezan a hacer pensando en cómo comunicarlo?
No es una diferencia menor.
La política siempre necesitó comunicación. La diferencia es que hoy la comunicación puede terminar condicionando la política. La lógica del algoritmo premia lo inmediato, lo emocional, lo polémico y lo visual. La gestión pública, en cambio, suele ser lenta, compleja y contradictoria.
Una política social no cabe fácilmente en un reel. Una reforma educativa no se explica en quince segundos. Una obra pública puede inaugurarse en una tarde, pero planificarla, financiarla y ejecutarla puede llevar años.
El problema aparece cuando la velocidad del scroll comienza a convertirse en la velocidad que se espera de los gobiernos.
Entonces, aquello que no se puede mostrar pierde valor. Lo complejo se simplifica. Lo importante compite con lo espectacular. Y lo que no genera interacción corre el riesgo de parecer invisible.
El ciudadano también cambia de lugar. Deja de ser solamente ciudadano y comienza a convertirse en audiencia.
Mira. Comenta. Comparte. Critica. Sigue de largo.
Y el político lo sabe.
Por eso los políticos scrolleados y los gobiernos scrolleados son dos caras de un mismo fenómeno: la política adaptándose a una sociedad que consume información a la velocidad del dedo.
El desafío no es rechazar esa realidad. Sería ingenuo. El desafío es no confundir visibilidad con gestión, viralidad con liderazgo y comunicación con resultados.
Porque una democracia no puede funcionar únicamente con aquello que logra detener el scroll. Hay decisiones que no se viralizan. Hay políticas públicas que no generan likes. Hay problemas que no caben en un video.
Y quizás allí esté la diferencia entre un gobierno que simplemente sabe comunicar y uno que realmente sabe gobernar.
Porque gobernar para el algoritmo puede conseguir muchas reproducciones. Gobernar para la gente debería conseguir resultados.
Anailén Nassif Gopar. CEO Uruguay30 – UR30.


